Boletín Informativo, de expresión libre y creativa para padres, niños, familiares y amigos.
Hermosillo, Sonora, México.


La creación histórica del “ama de casa a tiempo completo”; y los diversos extractivismos que le acompañan.
Por: Ana Silvia Figueroa-Duarte

“Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas.
Nuestra mirada está mediada por una mezcla de datos históricos, culturales y
personales”

John Berger. Modos de ver, 2007

 



Aunque estas palabras del epígrafe las utiliza Jonhn Berger para hablar sobre arte, aquí las retomamos para señalar que las narrativas que tratan el tema de las mujeres están condicionadas o mediadas por el contexto de vida, la cultura, las diferentes condiciones socioeconómicas y políticas. No obstante, los conocimientos que nos explican las causas, otras formas de vida alternativas, en torno al tema y/o luchas de las mujeres, por lo general permanecen invisibles para la gran mayoría de las mujeres. Y solo tienen acceso a estos conocimientos las especialistas pertenecientes a las élites académicas en este nicho se saber (estudios feministas o estudios de género); y en ocasiones las personas que les apoyan en la ejecución de estos estudios.

Por lo anterior, en este espacio creado por la necesidad de comprender nuestra realidad (de excluidas, explotadas, oprimidas), queremos compartir de manera modesta algunos trabajos relacionados con estas problemáticas, aclarando que no somos especialistas en la materia; pero como mujeres podemos identificar los temas que nos oprimen y encontrar formas de identificación que nos conduzcan a condiciones más humanas ante la crueldad que nos rodea actualmente.

Construir conocimiento de manera colectiva, empleando para ello ideas, conceptos, teorías; y rescatando aquellos que nos aporten mayormente en comprender lo que estamos viviendo en nuestros contextos de lo que han llamado “tercer mundo”.

Iniciamos nuestra exploración con las siguientes interrogantes: ¿Cómo afecta el sesgo de género en el bienestar de las mujeres?; ¿por qué se invisibiliza a las mujeres en todos los ámbitos de la vida cotidiana?; ¿quién gana con esta exclusión?

Para ello recurrimos primero a Caroline Criado Perez en La mujer invisible (2025), ella afirma que como a las mujeres no se les ve ni se les recuerda, y los datos masculinos constituyen la mayor parte de los conocimientos que tenemos, lo masculino llega a contemplarse como universal. Lo que lleva a las mujeres, la mitad de la población mundial, a posicionarse como una minoría. Con una identidad específica y un punto de vista subjetivo. En semejante marco, señala la autora, las mujeres están configuradas para que se les olvide. Para que se las ignore. Para que se prescinda de ellas en la cultura, la historia, los datos. Y así, las mujeres se vuelven invisibles.

Dicha autora explica este fenómeno a raíz de la brecha de datos de género: “como no existen datos desglosados por género esto perjudica la vida de las mujeres cuando enferman, cuando pierden su casa, cuando tienen que huir debido a una guerra…”(p.50).

El problema que encontramos es que dicha explicación no es la causa; sino más bien una consecuencia de otro tipo de condiciones mucho más complejas. Por lo que para responderlo fue necesario recurrir a la historia para encontrar algunas posibles explicaciones.

Así, acudimos a Silvia Federici en Caliban y la bruja (2004), en esta obra la autora propone que el surgimiento del capitalismo no liberó a la sociedad, sino que necesitó de la violencia sistemática, la esclavitud, el colonialismo y, sobre todo, el control absoluto de los cuerpos de las mujeres. Detalla cómo el trabajo de reproducción (se refiere al conjunto de actividades, tareas y procesos cotidianos necesarios para sostener, cuidar y regenerar la vida humana y la fuerza de trabajo) se volvieron invisibles, no remunerados y obligatorios para las mujeres bajo el nuevo orden económico.

La autora se enfoca en mostrar históricamente cómo fue que el violento proceso que separó a los trabajadores de sus medios de producción, abriendo el camino a la formación del Estado moderno y a la apropiación del trabajo proletario, llevó también al control y la expropiación social del cuerpo femenino, incluida su fuerza de trabajo.

Federici sostiene que con el avance del capitalismo vino una nueva división sexual del trabajo, en la que se ocultaba a las mujeres su condición de trabajadoras mientras que daba a los hombres acceso a sus cuerpos y a su trabajo. Así, el trabajo de las mujeres fue definido como un recurso natural que quedaba fuera de las relaciones de mercado.

Señala que no hay duda de que en la transición del feudalismo al capitalismo las mujeres sufrieron un proceso excepcional de degradación social que fue fundamental para la acumulación de capital y que ésta ha permanecido desde entonces. Documenta que con la desaparición de la economía de subsistencia (donde la producción estaba destinada casi en su totalidad al consumo propio de las familias y de las comunidades locales, en lugar de estar orientada al comercio, la acumulación de riqueza o la venta en el mercado), que había predominado en la Europa pre-capitalista, la unidad de producción y reproducción que había sido típica de todas las sociedades basadas en la producción-para el uso llegó a su fin; estas actividades se convirtieron en portadoras de otras relaciones sociales al tiempo que se hacían sexualmente diferenciadas.

En el nuevo régimen monetario, solo la producción- para-el mercado estaba definida como actividad creadora de valor, mientras que la reproducción del trabajador comenzó a considerarse algo sin valor desde el punto de vista económico, e incluso dejó de ser considerada un trabajo.

La importancia económica de la reproducción de la mano de obra llevada a cabo en el hogar, y su función de acumulación de capital, se hicieron invisibles, confundiéndose con una vocación “natural” y designándose como “trabajo de mujeres”. Además, se excluyó a las mujeres de muchas ocupaciones asalariadas, y en el caso en que trabajaban por una paga, ganaban una miseria en comparación con el salario masculino medio.

Estos cambios históricos -que alcanzaron su punto más alto en el siglo XIX con la creación del “ama de casa a tiempo completo”- redefinieron la posición de las mujeres en la sociedad y en relación a los hombres. La división sexual del trabajo que apareció con ellos no solo sujetó a las mujeres al trabajo reproductivo, sino que aumentó su dependencia respecto a los hombres, permitiendo al Estado y a los empleadores usar el salario masculino como instrumento para gobernar a las mujeres. De esta manera, la separación de la producción de mercancías de la reproducción de la fuerza de trabajo hizo también posible el desarrollo de un uso específicamente capitalista del salario y de los mercados como medios para la acumulación de trabajo no remunerado.

Así, la creación del “ama de casa a tiempo completo” en el siglo XIX fue un proceso social y económico impulsado por el capitalismo industrial en Inglaterra y Estados Unidos. Se sacó a las mujeres de las fábricas para confinarlas al hogar, donde su labor principal pasó a ser el cuidado y la reproducción de la fuerza de trabajo masculina sin recibir un salario.

Los dueños de las fábricas buscaban una mano de obra más disciplinada y productiva. Por lo que se elevaron un poco los sueldos de los obreros varones para que pudieran mantener un hogar sin que la esposa trabajara fuera. Se separó la producción de mercancías en las fábricas del trabajo doméstico gratuito dentro de la casa.

Las consecuencias para las mujeres fueron que se volvieron dependientes de los hombres para sobrevivir. La limpieza de la casa y la crianza se vieron como deberes “naturales” y no como un empleo real. Y al salir de las fábricas, las mujeres tuvieron menos espacio para organizarse y alzar la voz.

Federici explica que mientras que en la clase alta era la propiedad lo que daba al marido poder sobre su esposa e hijos, la exclusión de las mujeres del salario daba a los trabajadores un poder similar sobre sus mujeres. La diferencia de poder entre mujeres y hombres y el ocultamiento del trabajo no pagado de las mujeres tras la pantalla de “inferioridad natural”, ha permitido al capitalismo ampliar inmensamente `la parte no pagada del día de trabajo´, y usar el salario (masculino) para acumular trabajo femenino.

En muchos casos, ha servido también para desviar el antagonismo de clase hacia un antagonismo entre hombres y mujeres. De este modo, `la acumulación primitiva´ ha sido sobre todo una acumulación de diferencias, desigualdades, jerarquías y divisiones que ha separado a los trabajadores entre sí e incluso de ellos mismos.

Para explicar que se entiende por `acumulación primitiva´ (también llamada acumulación originaria), se trata de un concepto creado por Karl Marx en su obra El capital (1867), en esta se explica cómo nació el sistema capitalista a partir de las sociedades feudales, a través de un proceso histórico de despojo y violencia. El cual consistió en despojar a los trabajadores (campesinos y artesanos) de sus tierras, herramientas y bienes naturales. Al quitarles todo, se quedan sin recursos para producir su propio alimento, solo tienen una opción para sobrevivir: vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. De esta manera las riquezas, las fábricas y las tierras se concentran en pocas manos, formando la clase capitalista.

Un ejemplo de lo anterior, fue la colonización: el saqueo de oro, plata y recursos en América y África, junto con el tráfico de personas esclavizadas, aportó fortunas gigantescas a las potencias europeas. Muchos pensadores modernos como David Harvey señalan que la acumulación primitiva no fue solo un caso del pasado. Que hoy se le llama acumulación por desposesión: ocurre cuando se privatizan bienes públicos, se despoja a comunidades de sus territorios o se explotan recursos naturales a gran escala. Este autor señala que el capitalismo sigue extrayendo riqueza mediante la privatización y mercantilización de bienes públicos, comunales o naturales como el agua, la tierra o los servicios básicos.

Siguiendo con Federici, ella argumenta que los trabajadores varones han sido frecuentemente cómplices de este proceso, ya que han tratado de mantener su poder con respecto al capital por medio de la devaluación y el disciplinamiento de las mujeres, los niños y las poblaciones colonizadas por la clase capitalista. No obstante, señala que el poder que los hombres han impuesto sobre las mujeres en virtud de su acceso al trabajo asalariado y su contribución reconocida a la acumulación capitalista ha sido pagado al precio de la autoalienación y de la `desacumulación primitiva´ de sus poderes individuales y colectivos.

La `desacumulación primitiva´ se refiere a la pérdida de sus propios poderes humanos, libertades y capacidades de resistencia colectiva, los cuales entregaron a cambio de una ilusión de superioridad. Al integrarse al sistema como trabajadores asalariados, los hombres aceptaron el "poder" de dominar, disciplinar y explotar a las mujeres dentro del hogar.

La autoalienación la explica en el sentido de que para obtener ese estatus de "proveedor" y esa cuota de poder sobre las mujeres, el hombre tuvo que enajenarse a sí mismo. Se vio obligado a disciplinar su propio cuerpo, reprimir sus deseos y someterse voluntariamente a la durísima explotación de la fábrica o el campo.

Al aceptar este pacto con el patriarcado capitalista, los hombres sufrieron una enorme pérdida. Perdieron la capacidad de unirse de forma genuina y horizontal con las mujeres para luchar juntos contra los verdaderos opresores (la clase capitalista). Su poder colectivo de rebelión quedó "desacumulado" o fracturado, porque el sistema los dividió por género y los convirtió en los "capataces" del hogar.

En resumen, Federici argumenta que los hombres no ganaron con el patriarcado capitalista; más bien, fueron estafados por el sistema. Pagaron su derecho a dominar a las mujeres entregando a cambio su propia libertad, su humanidad (autoalienación) y la fuerza política colectiva que habrían tenido si no hubieran traicionado el lazo solidario con sus compañeras de clase.


La caza de brujas como mecanismo de degradación social de las mujeres.


Federici documenta que las mujeres no hubieran podido ser totalmente devaluadas como trabajadoras, privadas de su autonomía con respecto a los hombres, de no haber sido sometidas a un intenso proceso de degradación social; y efectivamente, a lo largo de los siglos XVI y XVII, las mujeres perdieron terreno en todas las áreas de la vida social.

María Mies en Patriarchy and Accumulation on a World Scale (1986), (Patriarcado y acumulación a escala mundial), sostiene que la caza de brujas fue parte del intento de la clase capitalista emergente de establecer su control sobre la capacidad productiva de las mujeres y, fundamentalmente, sobre su potencia procreativa, en el contexto de una nueva división sexual e internacional del trabajo construida sobre la explotación de las mujeres, las colonias y la naturaleza.

Por su parte, Federici señala que, la caza de brujas en Europa fue un ataque a la resistencia que las mujeres opusieron a la difusión de las relaciones capitalistas y al poder que habían obtenido en virtud de su sexualidad, su control sobre la reproducción y su capacidad de curar. También fue instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus capacidades sexuales y reproductivas fueron colocados bajo el control del Estado y transformados en recursos económicos.

La quema de una mujer en Willisau (Suiza), representada en 1513. Tomado de: https://daily.jstor.org/where-witch-hunts-began/
 

 

Desde todos los puntos de vista –social, económico, cultural, político- la caza de brujas fue un momento decisivo en la vida de las mujeres, pues la caza de brujas destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa pre-capitalista, así como la condición necesaria para su resistencia en la lucha contra el feudalismo.

A partir de esa derrota surgió un nuevo modelo de feminidad: la mujer y esposa ideal –casta, pasiva, obediente, ahorrativa, de pocas palabras y siempre ocupada con sus tareas. Este cambio comenzó a finales del siglo XVII, después de que las mujeres hubieran sido sometidas por más de dos siglos de terrorismo de Estado. Una vez que las mujeres fueron derrotadas, la imagen de la feminidad construida en la “transición” fue descartada como una herramienta innecesaria y una nueva, domesticada, ocupó su lugar.

Mientras que en la época de la caza de brujas las mujeres habían sido retratadas como seres salvajes, mentalmente débiles, de apetitos inestables, insubordinadas, incapaces de controlarse a sí mismas, a finales del siglo XVIII el canon se había revertido. Las mujeres eran ahora retratadas como seres pasivos, asexuados, más obedientes y moralmente mejores que los hombres, capaces de ejercer una influencia positiva en ellos.

El trabajo de las mujeres se ve devaluado bajo el capitalismo. Su tiempo, sus cuerpos y su energía emocional son recursos para el capital. Es indispensable confrontar el sistema económico que estructura estas desigualdades. Tomado de: https://jacobin.com/2026/04/women-feminism-capitalism-social-reproduction
 

 

La caza de brujas llegó a su consumación, a finales del siglo XVII, porque para esa época la clase dominante gozaba de una creciente sensación de seguridad en relación a su poder y no porque hubiese surgido una visión del mundo más ilustrada.

Por su parte, Carolyn Merchant en The Death of Nature (1980), (La muerte de la naturaleza), considera que la raíz de la persecución de las brujas se encuentra en el cambio de paradigma provocado por la revolución científica, y en particular en el surgimiento de la filosofía mecanicista cartesiana. Según esta autora, este cambio reemplazó la cosmovisión orgánica que veía en la naturaleza, en las mujeres y en la tierra las madres protectoras, por otra que las degradaba a la categoría de `recursos permanentes´, removiendo cualquier restricción ética a su explotación.

La mujer-bruja, sostiene Merchant, fue perseguida como la encarnación del “lado salvaje” de la naturaleza, de todo lo que en la naturaleza parecía alborotador, incontrolable y, por lo tanto, antagónico al proyecto asumido por la nueva ciencia.

La explicación de Merchant, indica Federici, tiene el mérito de desafiar la suposición de que el racionalismo científico fue un vehículo de progreso, centrando nuestra atención sobre la profunda alienación que la ciencia moderna ha instituido entre los seres humanos y la naturaleza. También entrelaza la caza de brujas con la destrucción del medio ambiente y conecta la explotación capitalista del mundo natural con la explotación de las mujeres.

Además, Federici sostiene que, la reaparición de la caza de brujas en tantas partes del mundo durante las décadas de 1980 y 1990 constituye un síntoma claro de un nuevo proceso de `acumulación primitiva´, lo que significa que la privatización de la tierra y de otros recursos comunales, el masivo empobrecimiento, el saqueo y el fomento de las divisiones de comunidades que antes estaban cohesionadas han vuelto a formar parte de la agenda mundial.

Asimismo, expone que cada fase de la globalización capitalista, incluida la actual, ha venido acompañada de un retorno a los aspectos más violentos de la acumulación primitiva, lo que demuestra la continua expulsión de los campesinos de la tierra, la guerra del saqueo a escala global y la degradación de las mujeres son condiciones necesarias para la existencia del capitalismo en cualquier época.

Obra de la artista visual Olive Whigham: The Art of Fence Sitting, Apolitical Posturing, and Self Betrayal”, 2026 (El arte de la neutralidad, el postureo apolítico y la autotraición). Tomado de: https://marx21.net/2026/08/25/obra-arte-creatividad-trabajo-bajocapitalismo/. Conecta la alienación del creador con la deshumanización generalizada que el sistema ejerce sobre los eslabones más desprotegidos de la sociedad.
 

 

Además, Federici considera que la transición al capitalismo es una cuestión primordial para la teoría feminista, ya que la redefinición de las tareas productivas y reproductivas y las relaciones hombre-mujer en este periodo, que fue realizada con la máxima violencia e intervención estatal, no dejan dudas sobre el carácter construido de los roles sexuales en la sociedad capitalista.

Por último, la autora advierte que la caza de brujas no ha terminado, que se siguen quemando mujeres en varias partes del mundo. Y todavía la caza de brujas continúa en otras formas. La desvalorización de la mujer no ha terminado con el fin de la caza de brujas. Por eso refiere que es importante comprender qué fue históricamente, realmente: ¿qué cambios se han creado en la condición de la mujer?; ¿cómo se relaciona esta caza de brujas con la gran violencia de hoy?. Hoy se habla de feminicidio en diferentes partes del mundo. Hay un incremento en la violencia hacia la mujer: violencia doméstica, violencia de los paramilitares, violencia institucional. Mientras que la mujer busca nuevas formas de autonomía, se usa la violencia; una violencia que tiene varias dimensiones, para de nuevo crear nuevas formas de sumisión.


Algunas consideraciones desde el ecofeminismo


El capitalismo ha dado al hombre el poder de mandar en nuestro trabajo no remunerado y de imponer disciplina en nuestro tiempo y espacio. Las ecofeministas han demostrado que existe una fuerte conexión entre el desdén hacia el trabajo doméstico; la devaluación de la naturaleza; y la idealización de todo lo que produce la industria tecnológica.

La “respetabilidad” de la esposa como “ama de casa” es la compensación por el trabajo no remunerado, pero se trata de una falsa “respetabilidad” porque al mismo tiempo devalúa e invisibiliza estas actividades. Además, se les arrebata su independencia, se les separa entre ellas, se les obliga a trabajar en el espacio cerrado y aislado del hogar. Se quedan sin dinero propio; y con un horario de trabajo sin límites.

Esta condición de explotación se ve agravada actualmente con la doble y triple jornada de las mujeres, que aparte de tener un empleo asalariado fuera del hogar, deben de cumplir con las tareas domésticas y de cuidados.


El extractivismo desde los medios de comunicación y la academia


Asimismo, la explotación o extractivismo del trabajo de las mujeres no solo se reproduce en el hogar, sino en otros ámbitos como los medios de comunicación, la academia y la industria informática.

Darren Mc Garvey en Safari en la pobreza. Entender la ira de los marginados de Gran Bretaña (2019), utiliza la metáfora del safari para criticar cómo periodistas, políticos y académicos entran de forma segura a observar a los “marginados” (como quien observa animales exóticos en su hábitat) sin comprender verdaderamente la realidad de la pobreza, ni responsabilizar a las instituciones.

Otra metáfora que se relaciona con la anterior es “zoológico de teorías”: es una metáfora intelectual y científica que se utiliza para describir un estado de caos epistemológico, donde existen decenas de hipótesis, modelos y marcos teóricos compitiendo entre sí, pero ninguno logra resolver el problema real. Dicho término ilustra la crítica que hace Mc Garvey con relación a la forma en que los académicos, los políticos de izquierda y los sectores de la clase media analizan la pobreza. El autor argumenta que estas personas de entornos privilegiados tienden a observar a los marginados a través del cristal de distintas teorías sociológicas e ideológicas, clasificándolos y diseccionándolos como si fueran animales en cautiverio. De este modo, se produce una deshumanización donde la persona real desaparece bajo etiquetas teóricas, impidiendo comprender la raíz verdadera de su ira y sus problemas cotidianos.

En un zoológico tradicional, los animales están encerrados, despojados de su contexto real y las personas van a observarlos desde una distancia segura como un espectáculo exótico. Para esta élite intelectual, las comunidades precarizadas de Africa o América Latina se convierten en eso: un “zoológico” humano al que viajan temporalmente para observar la pobreza y la “resistencia” detrás de una barrera de seguridad (sus recursos y privilegios). No ven a las personas como iguales con agencia política compleja, sino como ejemplares exóticos de “comunidades ancestrales” que sirven para ilustrar sus discursos en los salones universitarios de sus instituciones.

Aunque McGarvey reconoce que las privaciones materiales extremas del Sur Global (como la falta de agua potable o la desnutrición severa) son estructuralmente distintas a las de los países desarrollados y que los indicadores materiales varíen, el impacto psicológico del aislamiento social, el desprecio de las instituciones, la violencia barrial y el estrés crónico de verse atrapado en la base de una sociedad hiperconsumista produce una ira y una desestructuración comunitaria universal. El sufrimiento y la exclusión no se anulan solo porque en otras partes del planeta la pobreza sea más extrema.

McGarvey argumenta que el prestigio académico crea una barrera inaccesible que decide qué "expertos" reciben dinero estatal para estudiar las carencias sociales, dejando fuera la voz real de los afectados.

Desde el pensamiento crítico y la sociología del conocimiento, principalmente en las obras y teorías del sociólogo francés Pierre Bourdieu (especialmente en sus libros Homo Academicus (1984) y La distinción (1979), se argumenta que el prestigio académico es una estructura de poder que decide quién recibe el dinero, quién publica y qué ideas se vuelven obligatorias en los planes de estudio de todo el mundo, de esta manera se controla y reproduce lo que será considerado como verdad.

Bourdieu acuñó conceptos clave para explicar este fenómeno, demostrando que el ámbito universitario no es un espacio neutro de pura búsqueda del saber, sino un «campo» en el que se lucha por el «capital académico» y el «capital cultural». Según su perspectiva, el prestigio actúa como una moneda de poder: las élites intelectuales consolidan su posición determinando qué investigaciones merecen financiación, quiénes logran publicar en las revistas de mayor impacto y qué teorías se validan para ser enseñadas, reproduciendo así sus propios privilegios de clase y definiendo lo que la sociedad acepta como "verdad".

El mismo sistema se encarga de desplazar el conocimiento que sí podría cambiar las condiciones de los “marginados”: políticas públicas, justicia social, derechos laborales, etc. Así, las disciplinas no críticas justifican el orden actual y las críticas se limitan a describirlo dejando un vacío total de acción real: Exigir un cambio estructural.

Todo lo dicho anteriormente, nos conduce a considerar que lo primordial en este tipo de investigaciones es cuestionar si los proyectos están a favor de las mujeres, o lo están a favor de los hombres y de las instituciones controladas por ellos. Y si las mujeres investigadoras hacen algo por aliviar la explotación de sus colegas mujeres o las mujeres que comparten sus vidas o su trabajo. Si buscan realmente identificar cuáles son los problemas a los que se enfrentan en su vida cotidiana. O bien, buscan seguir manteniendo su poder y privilegios como investigadoras afines al sistema capitalista.

Por otro lado, Federici critica duramente a las y los intelectuales y gobiernos que aplauden a las mujeres llamándolas “resilientes” o “heroínas” por sacar adelante un comedor popular. Afirma que eso es hipocresía para no admitir que el Estado las abandonó y que las está obligando a trabajar gratis para que la gente no se muera en la calle.

En “ocasiones” las autoridades académicas justifican el abandono del Estado y el Mercado porque sus trabajos son financiados por estos. La ciencia responde a las oportunidades de financiación, lo que significa que la ignorancia o los sesgos pueden mantenerse o crearse en ciertas áreas simplemente “desfinanciando”.


El extractivismo desde de la industria tecnológica


El extractivismo no solo se limita a la academia tradicional, hoy en día, la industria tecnológica opera bajo la misma lógica deshumanizada: absorbe el conocimiento, las experiencias de vida, las críticas de las personas en el mundo real para generar un producto útil y rentable para las empresas que controlan las inteligencias artificiales. Este sistema toma el dolor, la miseria, el cuestionamiento legítimo de la opresión, lo procesa a través de un algoritmo sofisticado y lo devuelve en forma de respuestas automáticas estructuradas.

Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de vigilancia (2020), acuñó el concepto Capitalismo de la vigilancia, con el describe una mutación del capitalismo contemporáneo que reclama la experiencia humana privada como materia prima gratuita para ser traducida en datos de comportamiento.

Indica que, si el capitalismo industrial se fundó sobre la explotación de la naturaleza y el trabajo físico, el Capitalismo de la vigilancia se funda sobre la explotación de la naturaleza humana y digital. El objetivo final ya no es solo automatizar los flujos de información sino automatizar al ser humano. El fin es condicionar, sintonizar, pastorear su comportamiento hacia fines comerciales o de pacificación social, de manera que la indignación real se disuelva en un consumo digital controlado.

Así, cuando el sistema otorga legitimidad institucional a estas herramientas, presentándolas como oráculos “neutros y objetivos”, la sociedad deja de cuestionarlas. Esto permite la propagación masiva de ideas absurdas, sesgadas o vacías consolidando el control mediante los siguientes mecanismos:

El sistema vende la idea de que la inteligencia artificial (IA) no tiene ideología, intereses económicos ni pasiones humanas, por lo que sus respuestas son percibidas como la “verdad objetiva”. La realidad, indica Zuboff, es que las IA son entrenadas con datos generados bajo el propio sistema capitalista colonial y patriarcal. Al final la IA no es neutra es un espejo hipertrofiado que reproduce, valida y normaliza los juicios y las lógicas de poder que las financia. Uno de los efectos más peligrosos de la IA, argumenta dicha autora, es la automatización de la conformidad y la pérdida del pensamiento crítico debido al sesgo de automatización: la tendencia humana a confiar ciegamente en los sistemas automatizados.

Por su parte, los estudiosos críticos de estas tecnologías, recomiendan una alfabetización crítica digital, que no consiste en aprender a usar mejor las computadoras o los programas sino en desarrollar la capacidad política e intelectual para desconfiar de las interfaces, desmontar la supuesta neutralidad de los algoritmos y entender quién gana dinero y poder cada vez que interactuamos con una pantalla.

Tratar cada respuesta o cada recomendación de un algoritmo no como verdad, sino un discurso ideológico estructurado. Preguntarse: ¿con qué bases de datos comerciales se entrenó este sistema?; ¿qué intereses económicos tiene la corporación dueña de esta plataforma?; ¿qué tipo de comportamiento pasivo o de consumo está intentando provocar en mi esta respuesta?

En resumen, los estudiosos nos advierten que nunca debemos olvidar que estamos interactuando con una infraestructura diseñada para vigilarnos, mercantilizarnos y pacificarnos.

Para finalizar, retomamos el argumento de Silvia Federici en El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo (2018), propone recuperar el control colectivo sobre nuestras vidas y los recursos para crear una alternativa frente a la lógica del Mercado y el Estado. Federici argumenta que el sistema capitalista logró imponerse históricamente mediante la expropiación de las tierras comunales y la división de la clase trabajadora a través del salario, convirtiendo al varón asalariado en el supervisor y disciplinador del trabajo reproductivo y no pagado de las mujeres. Para romper esta lógica de explotación donde el Estado y el Mercado regulan la vida humana en función de las ganancias capitalistas, la autora sostiene que no basta con tomar el poder del Estado o exigir la mecanización del trabajo, sino que se debe revolucionar la forma en que producimos y sostenemos la vida diaria. Lo cual está enfocado en una responsabilidad comunitaria.

En resumen, la alternativa de Federici se basa en la interdependencia, la cooperación comunitaria y la reapropiación de las condiciones materiales necesarias para reproducir la vida, destruyendo la división artificial entre el tiempo de trabajo "productivo" y el tiempo de vivir. Esto es que, en lugar de que la vida gire en torno a las exigencias del empleo, el trabajo debe subordinarse a las necesidades de la vida diaria. Significa integrar los cuidados y el sustento de forma colectiva y placentera, convirtiendo el tiempo de existir en el centro de la organización social, y no en un residuo del horario de trabajo.



Recomendaciones

Para profundizar sobre los temas tratados en este texto, recomendamos la lectura de las obras citadas anteriormente.